El sábado por la noche, tras comernos los restos de pollo y un poco de lomo ibérico que todavía nos queda, fuimos a la discoteca. Un solar con una pista de baile y muchas mesitas, con música actual africana, que salía por unos altavoces distorsionados. La gente baila constantemente, lentamente, con ritmo pero con suavidad. Cuando les gusta la canción, lógicamente, se levantan de sus mesas y salen a la pista. Lo gracioso es que el baile suele ser en grupo, en círculo o en línea, hombro con hombro. Cuando salta la cinta, todos a su sitio de nuevo como si no se conociesen. Mariu y Alice se atrevieron a salir, fue muy divertido, imaginaos las risas de todos al ver a los nassara bailar. Por aquí aún se recuerdan los bailes de Raquel, la chica valenciana que estuvo antes que nosotros, trabajando también en la CECI. Por lo visto, bailaba a lo español, demasiado rápido y la gente le decía “no! Así no!”
El problema es que esa noche hacía frío, o al menos eso dicen, porque para nosotros los 25 grados que marcaba el termómetro nos parecían como una agradable noche de verano. Pero aquí es invierno ahora también y, si refresca, la gente sale menos como en todos lados.
El domingo lo dedicamos a trabajar un poco en la casa, que aún tiene muchos detalles por terminar. Lo primero es sacar agua del pozo para regar los limoneros que van creciendo, pintar un poco ventanas y puertas, y preparar ladrillos para construir un murito en el porche de la entrada para la época de lluvias. Las chicas se fueron al mercado, cuidando sus vestimentas ya que la mayoría de los comerciantes son musulmanes. Mientras, los chicos, se quedan en casa terminando el bricolaje.
Mariu: aventura en el mercado
La aventura de ir al mercado los domingos creo que se va a convertir en una tradición porque para mi fue alucinante. Tras haber terminado todas las labores del hogar, las chicas de la casa nos preparamos para ir a dar una vuelta y así poder
comprar algunas cosas que nos hacían falta para la casa.
Llegando al mercado me di cuenta que un simple paseo de domingo se iba a convertir en un baño de masas, como si fuésemos dos grandes celebridades. Aparcamos la moto en una de las calles principales y en menos de un minuto, sin apenas bajarnos de la moto, estábamos rodeadas de niños y de personas expectantes por lo que íbamos a comprar.
Lo que no se esperaban es que nuestra primera parada iba a ser en una pequeña ferretería repleta de miles de cosas por las estanterías, clavos, tornillos, minicadenas, bolis, cuadernos… con el fin de comprar un rastrillo para nuestro jardín.
Nos ofrecían de todo, incluso viagras y otro tipo de medicinas que venden en bolsas de plástico como si de caramelos se tratase. La gente, sobre todo los niños, nos seguían a la voz de “nassara, nassara” o “ma soeur, ma soeur” y aunque la cosa se ponía difícil… seguimos con nuestras compras.
Después de comprar algunas cosillas más en las tiendas de la calle principal, nos adentramos por un pequeño callejón al mercado de textiles. Allí nos esperaba otro mundo lleno de callejones tapados con un fino techo de paja que apenas dejaban entrar los rayos de sol. Cuando por fin consigo habituar mi vista por el contraste de luz que había de una calle a otra, empecé a asimilar todo lo que me rodeaba.
Quería comprarme alguna tela para hacerme un vestido o una camisa pero la cosa no fue fácil, había miles de colores, formas, texturas…y no me terminaba de decidir, mientras comerciantes y clientes esperaban impacientes que terminase. Finalmente me decidí por una preciosa con la que un día de estos encargaré un vestido.
Volvimos a salir a la calle principal para ir al mercado de alimentos, otro callejón escondía otro nuevo mundo lleno de tenderetes con todo tipo de alimentos que desprendían un olor muy fuerte, la mezcla de pescado frito con el de las especias daba un toque peculiar a la situación. Compramos algunas verduras, que luego desinfectamos cuidadosamente, y una especie de empanadillas fritas de las que lleva la vendedora de los descansos al trabajo, que aquí se llaman “beignets de haricot”.
La idea de la tortilla de patatas fracasó por la falta de huevos aunque, como siempre, comimos de maravilla.